Ella lucía una sonrisa petulante. “Creo que yo soy la madre de esa niña. La pregunta es: ¿Quién demonios eres tú?”
Me incliné y levanté a Sophie. “Tu reemplazo.”
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En el camino a mi habitación, me topé con Edward. “¿Quieres jugar Twister de nuevo?” sonrió.
“Vencerte una vez es suficiente para mí,” me jacté.
“Ambos sabemos que hiciste trampa,” contestó al tomarme del brazo y llevarme escaleras abajo. “No estoy listo para ir a la cama aún. Mantente despierta y come algo de helado conmigo.” Así fue como terminamos de vuelta en el sofá con un envase de helado y dos cucharas.
—Mira, Emmett, te he traído aquí porque estoy haciendo un experimento —me miró fijamente y pude notar malicia en esa mirada—; si lo pasas, puedes pedirme lo que sea. Lo que sea.
Me pregunté cual era la trampa en el asunto, los motivos que podría tener ella para encerrarse en un baño conmigo y cuál sería la prueba. Sin embargo, mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de una cremallera al bajar; mis ojos volaron hacia Rosalie, quien estaba frente a mí en ropa interior de encaje. Me dediqué a beberme la imagen durante unos tres minutos, disfrutando de la perfecta curvatura de sus caderas y de sus pechos ocultos tras el encaje azul que utilizaba. Debía parecer un auténtico cerdo, pero no me importó.
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