Capítulo 3
Furia y cariño
¿Cuánto tiempo había pasado ya? ¿Cuatro… cinco años? La tradición permanecía, y Alice y Jasper se reunían todas las tardes en el patio trasero de los Brandon. En un principio, Alice insistió en que su nuevo amigo se presentara ante sus padres, ante la incredulidad que había mostrado su madre al mencionarle, pero Jasper sabía que muy probablemente los señores no iban a tomar igual de bien la intensa mirada borgoña que éste reflejaba. Seguramente, el señor Brandon iba a huir despavorido a proteger a su familia, e iban a apartarlo de la niña. Con el tiempo, Alice entendió que su amigo era un secreto, y que era solo para ella, y era una idea que le encantaba completamente. Para ella, por primera vez se sentía identificada con alguien.
Una tarde, mientras Jasper esperaba pacientemente a que Alice terminara sus deberes escolares, algo sutil cambió en el ambiente. La alegría que siempre caracterizaba a la niña estaba siendo opacada por un deje de tristeza que de inmediato alertó al vampiro. En ese momento, vio salir a Alice, con la cabeza gacha y con una postura encorvada.
―¿Qué sucede, mi niña? ¿Por qué estás triste? ―preguntó con un susurro, agachándose para quedar a su misma altura.
Con su dedo índice, tomó el mentón de la pequeña y alzó su cabeza; ella por su parte, esbozó una débil sonrisa, la cual no llegó hasta sus ojos. Jasper pudo oler el rastro de sal que habían dejado las lágrimas por su paso por las mejillas de la niña.
―No sé de qué me hablas ―musitó bajito―. Sabes muy bien que me hace muy feliz poder verte todos los días.
―Mi hermoso ángel ―dijo, acariciando su mejilla con tal adoración―, sabes de sobra que conmigo no tienes por qué fingir. Sabes que yo puedo saber perfectamente cuándo estás mintiendo.
Entonces, como si sus meras palabras hubiesen roto las barreras emocionales de Alice, la niña se arrojó a sus brazos, sollozando con fuerza. Sus pequeñas manitas se aferraban a la camisa del vampiro, y éste pudo sentir la humedad que dejaban las lágrimas en su hombro. Permanecieron así por largos minutos, él permitiéndole desahogar todo el dolor que ella sentía (y que él podía percibir y sentir perfectamente). En ese momento, el dolor de Alice era su dolor.
―¡Ya no puedo más, Jazzy! ―dijo entre lágrimas, separándose un poco para hablar con él―. Ellos… ellos son tan crueles conmigo. Estoy harta de que siempre me lastimen y hieran mis sentimientos. Quisiera que dejaran de burlarse siempre de mí.
―¿Qué te han hecho ahora? ―preguntó serio.
―¿Recuerdas a Kyle, el chico del noveno grado? ―esperó a que asintiera―. Verás… hoy volví a ver cosas en mi cabeza, así que comencé a dibujar todo lo que veía, tal y como tú me sugeriste. Kyle tomó mi cuaderno durante el receso y esperó a que todos estuvieran ahí para mostrárselo a la clase, diciendo que eran los dibujos de una loca, porque no tenían ningún sentido. Todos empezaron a reír y a molestarme con que yo no era normal. La profesora no dijo nada porque ella piensa que son juegos de niños. Pero ya estoy cansada…
Los sollozos regresaron, esta vez con más fuerza, así como las lágrimas. Alice volvió a recargarse contra el hombro de Jasper para llorar.
Furia
Comenzó a sentir que su pecho vibraba con un poderoso rugido que imploraba por salir. Las manos le temblaban y requirió de toda su fuerza de voluntad no aferrarse a Alice, pues la poca conciencia que quedaba en él le gritaba a los cuatro vientos que podía matarla con la facilidad con la que se rompe un palillo de dientes. En vez de eso, trató de enfocar su mente en la pequeña niña que se sujetaba a él como si la vida se le fuese en ello. Cuando finalmente se sintió capaz de hablar, besó la frente de Alice, y la rodeó torpemente con un brazo. Las muestras de afecto aún le costaban cierto trabajo, a pesar de lo mucho que ya había cambiado por ella.
―Es que ellos no lo entienden ―susurró, aunque parecía más para él que para Alice―. No lo entienden. No ven lo especial que eres.
―Por eso te quiero ―dijo bajito―, porque tú sí lo haces.
Y con un delicado beso en la mejilla, Jasper sintió renacer cada fibra de su inmortal cuerpo, y se aferró a su ya establecido propósito de cuidar y protegerla de todo mal.
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