Adicción
Mi historia comienza 5 años atrás, cuando sólo tenía unos 12 o 13 años de edad. Mis padres, tan recatados y conservadores, hicieron todo lo posible por criarme y guiarme por el “buen camino”, sin pensar que eso era lo que más me perjudicaba.
Siempre estuve en buenos colegios, además tomaba clases de música y baile. En fin, era la “hija perfecta”. Mientras ellos pensaban que yo era feliz, siempre vivía bajo las burlas de mis compañeras, quienes se reían cada vez que mis papás venían por mí a la escuela llamándome “aniñada” o “la bebé de sus papás”. Al principio, optaba por no hacerles mucho caso, pero fueron meses y meses de constantes burlas que un buen día llegaron a hartarme.
Recuerdo que más tarde comenzaron las peleas con mis padres. Siempre eran por cosas tontas: quería dormir más tarde, salir de noche, conocer chicos… cosas que ellos consideraban “inapropiadas” para una chica de mi edad. Al terminar un pleito, me encerraba en el baño y comenzaba a llorar. Después, el llanto no fue suficiente y se apareció frente a mí una navaja de afeitar que tenía mi papá en el lavabo.
―Y si… solo hago un pequeñísimo corte ―pensé―. Nadie lo notará si lo hago en un lugar que pueda cubrir.
Y así comencé, realizando “pequeños cortes” como yo les llamaba. Más tarde fueron cortes más profundos o más largos. Cuando menos acordé ya tenía que usar blusas de manga larga o pantalones; utilizaba mallas para ir al colegio alegando que tenía frío.
Desde que comencé a hacerme eso, sentía que cargaba con algo más pesado que las burlas de mis compañeras, así que para poder sentirme más tranquila, decidí contárselo quien, creía yo, era mi mejor amiga.
Pequeña traidora…
―Pero, eso es muy serio, Yohanna ―recuerdo que me dijo alguna vez―. Tienes que ir con un especialista.
―No es necesario ―le dije muy campante―. Lo dices como si fuera algo gravísimo; son solo unos cortes y ya.
No le di mucha importancia a sus preocupaciones y seguí haciéndolo. Pero mi madre comenzó a ser más atenta conmigo, parecía que vigilaba mis idas al baño. Seguramente esa traidora le confesó todo a mi mamá.
Una noche, después de tener una fuerte discusión con mis padres, me dirigí al baño a realizarme otro corte. Ya no tenía lugar para hacerlo. Mientras buscaba, entró mi madre y me vio ahí sentada, con los brazos descubiertos y llenos de cicatrices. Aterrada, llamó a mi padre. Me sentí observada, triste, y como lo peor de este mundo.
Ahora me encuentro en un lugar diferente. No, no piensen mal, no estoy muerta, aún vivo. Mis padres me internaron en una clínica para combatir las adicciones. Sí, mi problema era ya una adicción…
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