Capítulo cinco
Experimentos y ciertas sospechas
En más de una ocasión, Jasper se vio tentado a apartarse de Alice. Era un conflicto interno que lo atacaba día con día, en donde una parte de él le decía que por el bien de ella lo mejor era marcharse, pero al reunirse en el jardín trasero, Alice le contaba su día difícil y lloraba, aferrándose a su hombro. Sabía que él era el único con quien ella podía desahogarse y soltar sus penas. ¿Entonces, qué podía hacer? Si se iba, sería como la muerte para ambos; si se quedaba, lo único que conseguiría sería hacer las cosas más difíciles para Alice de lo que ya lo eran. Para sus padres ya no era tan normal que su hija no tuviera amigas, y que se pasara horas enteras en el patio, platicándole al roble.
Sin embargo, decidió hacerle caso a esa vocecita que le gritaba intensamente que no se atreviera a alejarse de Alice. Se deleitaba viéndola crecer, contemplando cómo cada parte de su anatomía iba pasando de ser una delicada y frágil niña, a toda una mujer.
A sus diecisiete años, Alice era un monumento a la belleza. En sus delicadas proporciones, Jasper se sentía idiotizado por ella. No era muy alta (difícilmente llegaba al metro y medio de estatura), pero eso solo lograba darle esa apariencia de una pequeña hada de cuento; más mágica y hermosa. Su cabello, negro como la noche, caía delicadamente por su espalda hasta su estrecha cintura; lacio y brillante. Su piel de porcelana parecía brillar por cuenta propia, y sus bellos ojos resplandecían como dos chispas de alegría en cuanto lo veía. Cuando menos se lo imaginó, Jasper estaba frente a una Alice convertida en mujer. Siempre vestida pulcramente y de acuerdo a una señorita de su edad, dejando atrás los vestidos con vuelos y listones que usaba cuando era una niña.
―Un centavo por tus pensamientos ―le interrumpió con su voz cantarina.
―Solamente recordaba la primera vez que te vi ―dijo, encogiéndose de hombros.
―Fue hace tanto… ―divagó―. ¿Te arrepientes de haberlo hecho?
―¿Perdona? ―dilató los ojos.
―Seguramente debes tener cosas más interesantes qué hacer, que estar atado a una niña mimada que se niega a apartarse de tu lado ―susurró―. Tener que escuchar mis constantes problemas y mis quejas…
―¿No crees que, después de todos estos años, si hubiera tenido algo más interesante qué hacer, me hubiera quedado aquí? ―alzó su barbilla para mirarla a los ojos―. No, mi niña, jamás me arrepentiré de haberte conocido, si eres lo mejor que ha ocurrido en mi existencia.
Alice, con su rostro completamente arrebolado, agachó la mirada y comenzó a retorcerse los dedos de las manos, notoriamente nerviosa. Por supuesto, Jasper se dio cuenta del cambio en su estado de ánimo, y relajó el ambiente. Ella soltó una risita y se acercó más hacia él. A pesar de que el clima estaba algo frío, su toque gélido parecía tranquilizarla. El sonrojo había provocado que la garganta de Jasper ardiera, y cerró los ojos con fuerza para controlarse a sí mismo.
Nuevamente, y a pesar de su intervención, el momento volvió a ponerse tenso y con un deje de nerviosismo. En la pequeña banca que compartían, Alice movía incesantemente su pierna, arriba y abajo, y se retorcía los dedos con más fuerza. Esto no era normal en ella.
―¿Qué te tiene tan preocupada, ángel? ―dijo con voz aterciopelada―. Y no trates de negarlo, porque sabes perfectamente que yo me doy cuenta de ello.
―¿Me prometes que no te enojarás? ―dijo con voz quedita. Él asintió sin pensarlo dos veces. ¿Cómo iba a enojarse con ella? ― Pues… uhm… hoy en el colegio, mis compañeras… salió de la nada el tema, y yo solamente estaba cerca, escuchando…
―Alice... ―sabía que no le gustaban los rodeos― ¿De qué hablaron tus compañeras?
Entonces, sintió una emoción que no recordaba que ella hubiera experimentado durante el tiempo que tenían de conocerse: vergüenza.
―Jazz… ¿me darías un beso de verdad? De esos que se dan los novios ―susurró muy bajito, que de hecho, solo gracias a sus oídos desarrollados pudo escucharle.
Jasper sintió todos sus músculos paralizados por la sorpresa. ¿Cómo se le ocurría pedirle semejante locura? Era cierto que jamás le había revelado abiertamente su naturaleza de vampiro, pero ella sabía que él no era un ser humano (después de todo, sus ojos escarlata no eran muy humanos que digamos). Hubiera sido mejor que le pidiera que se arrancara todos sus miembros y se prendiera fuego a sí mismo.
―Alice, yo… no puedo, cielo. Te podría hacer un daño terrible. Es una idea peligrosa y…
―Pero yo confío en ti ―confesó, interrumpiendo sus preocupaciones―. Sé que no me harás daño.
―No puedo ―trató de ponerle fin al tema.
―¿No me quieres? ―dijo, mientras sus ojos comenzaban a formar lágrimas.
―Por favor no me preguntes eso, mi niña ―dijo con voz lastimera―. Haría cualquier cosa por ti, pero no me pidas eso.
―Es lo único que deseo. Jamás volveré a pedirte nada. Nunca, nunca. Solo inténtalo una vez, y si es demasiado peligroso para mí, detente, y ya no volveré a pedirte nada en la vida.
Sopesó su petición por un par de segundos. Quería complacerla con todo su ser, y por supuesto, él también deseaba sentir sus carnosos y sonrosados labios. Deseaba ser humano como ella, para poder besarla sin el miedo a hacerle daño. Sería probarse a sí mismo, pero también sería ponerla a ella en peligro, solo para experimentar su resistencia. Pero, si ya había estado a su lado por tantos años sin haberle hecho daño, tal vez podía rozar sus labios sin matarla. ¡Qué dilema!
Se aventuró a mirarla a los ojos, perdiéndose en ese par de pozos color mar, los cuales reflejaban todo el anhelo que traía consigo su alocada petición. Sin necesidad de sentir la emoción que emanaba de Alice, podía saber todo el amor y devoción que ella sentía por él, y podía comprender perfectamente por qué le estaba pidiendo tal cosa. Se sintió dichoso de sentirse correspondido por esa chiquilla humana.
Ese fue todo el incentivo que necesitó para determinar su decisión. Se acercó a ella, cuidando cada centímetro que los separaba y así saber hasta dónde podía resistirse, hasta que quedaron escasos milímetros de distancia entre sus labios. Ella cerró los ojos, esperando deseosamente sentir los labios de Jasper.
Es ahora o nunca, se dijo mentalmente, y presionó su boca contra la de ella.
Dolor, dulce y placentero dolor. De manera tierna y extremadamente cuidadosa, acarició los labios de Alice, deleitándose por la suavidad y calidez de éstos. Sin embargo, llegó a un punto en el que el deseo por su sangre comenzó a hacerse insoportable, y salió huyendo de ahí. Ella entendió perfectamente que no se trataba de hacerle sentir mal, sino como una manera precautoria de no ponerla en un peligro mayor. Suspiró contenta y soltó una risita.
―No sé si me escuches ―habló finalmente―, pero gracias. Ha sido mucho mejor de lo que esperaba.
―Necesito un segundo ―dijo a lo lejos.
Ella no lo sabía, pero Jasper estaba en ese momento tomando grandes bocanadas de aire para poder limpiar su organismo de la esencia tan embriagadora que lo había envuelto hace unos instantes. Consideró por un segundo irse de la casa e ir a alimentarse, pero primero tenía que despedirse de ella. No podía dejarla sola sin ninguna explicación.
Cuando finalmente regresó hasta la banca donde estaban, lo primero que notó fue la expresión ausente de Alice, mirando a un punto lejano del jardín. Al acercarse a ella, su cara fue dibujando una mueca de horror, y los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas. Jasper atravesó a velocidad imposible el corto tramo que los separaba, y llegó hasta la banca, poniéndose de rodillas frente a Alice.
―¿Cariño, qué sucede? ―su voz destilaba preocupación.
Entonces, sacudió la cabeza, llevándose sus manos a su melena azabache y tiró de éste como si quisiera arrancárselo. Sus mejillas estaban empapadas por las lágrimas.
―¡No, no, NO! ―gritó― ¡Ya no quiero ver cosas!
―¿Qué has visto, Alice?
Pero sus ojos seguían perdidos en el horizonte, como si no pudiera despegarlos de ese punto en particular. Jasper la tomó por los hombros, sacudiéndola ligeramente para despertarla de ese trance en el que se encontraba.
―Muerte… ―susurró, antes de caer inconsciente en sus brazos.
«Sólo quiero estar contigo
Y quiero ser lo que nunca he sido
Sólo quiero soñar contigo»
(Canto del Loco con Natalia Lafourcade – Contigo)
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