miércoles, 17 de noviembre de 2010

Visitante 4

Capítulo 4
Sutiles y dolorosos cambios

La hermosa Alice tenía ya doce años. Habían pasado siete años desde su primer encuentro, y las diferencias en su anatomía eran visibles para Jasper; algunas pasaban desapercibidas por los humanos, pero él podía distinguir cada detalle de su figura que había cambiado. Por supuesto, ahora era un poco más alta, su cabello azabache ahora caía con gracia por debajo de sus hombros. Su cara era más alargada, dejando atrás los rasgos de niña. Había hecho a un lado sus vaporosos vestidos infantiles, para darle paso a ropa más acorde a su edad; de vez en cuando usaba un poco de maquillaje en sus labios (a escondidas de su madre, pues le decía que aún era muy pequeña para usar ese tipo de cosas).

Jasper, por su parte, era dichoso de ser partícipe de todos los cambios que Alice experimentaba. Había pasado de ser su amigo a ser un confidente. Fiel a su costumbre, se reunía con ella toda la tarde al terminar sus deberes escolares o a veces después de cenar; cuando la profesora dejaba tareas extra, o cuando su madre le pedía ayuda en la casa, limitaban sus reuniones a un par de horas, solo para contarse lo que habían hecho durante el día antes de irse a la cama. En un par de ocasiones, Jasper se había aventurado a ir a su habitación para contemplarla mientras dormía, antes de irse a cazar.

Los señores Brandon decidieron dejar pasar por alto que Alice estuviera en casa a la misma hora siempre, creyendo que se trataba de un amigo imaginario; pero con el tiempo, comenzó a ser un fastidio que su hija siguiera con lo mismo.

―Creo que ya eres suficientemente mayor para seguir teniendo amigos falsos, Alice ―le reprendió su padre durante la cena.

―No es un amigo falso ―suspiró con fastidio una vez más. Esta conversación ya la habían tenido en más de una ocasión.

―¿No? ¿Entonces por qué el interés por pasar tu tiempo allá afuera? ¿Crees que no nos damos cuenta de que hablas con alguien? ―sonrió amargamente―. Ya es tiempo de que madures y salgas con las señoritas de tu edad, y te dejes de niñerías de amigos invisibles. La gente de por sí ya murmura que algo no anda bien contigo, y a eso agrégale hablar sola con amigos imaginarios…

―¡Que no es un amigo imaginario! ―explotó, poniéndose de pie de un salto y golpeando la mesa con los puños.

―¡Mary Alice Brandon! ―reprendió su madre―. Discúlpate en este momento con tu padre y retírate a tu habitación.

Le dedicó una mirada molesta a su madre y se fue a su cuarto a llorar. En un principio, las habladurías de la gente y las burlas de sus compañeros eran ignoradas por los señores Brandon, defendiendo a su hija diciendo que era la inocencia de su edad la que la hacía actuar de esa manera. El hecho de pasar sola gran parte de su día, y n tener amigas, provocaba que la niña encontrara una manera de entretenerse. Pero ahora, con el paso del tiempo, comenzaban a darse cuenta de que no era normal que su hija se mantuviera aislada de todos.
Esa noche, Alice no pudo reunirse con Jasper en el jardín. Sin embargo, él había escuchado toda la conversación, y el inerte corazón se le había estrujado del dolor. Por un momento, se sintió culpable, ya que él era la razón por la cual Alice pasaba las tardes en casa, sola en el patio trasero; por otra parte, ella en más de una ocasión le había confesado que era su único amigo, y sabía que si se apartaba de ella le rompería el corazón. Dadas las circunstancias, decidió ir a escondidas a su habitación, a verla dormir. Nuevamente, su corazón dio un vuelco al verla acurrucada en forma fetal en su cama, hipeando de vez en cuando. Y con el brillo de la luna, y gracias a su perfecta visión, pudo percibir el caminito húmedo que habían dejado sus lágrimas. La pobre niña había llorado hasta que el sueño logró vencerla.

Indeciso sobre si era lo correcto o no (después de todo, era un hombre irrumpiendo en el cuarto de una señorita, y no era eso lo que sus padres le habían enseñado), se acercó hasta quedar junto a la cama, arrodillándose para que sus rostros quedaran al mismo nivel. Quitó los rebeldes mechones que cubrían su rostro, dejándolos detrás de su oreja, y acarició su nariz y mejillas con adoración. Era una jovencita hermosa, y le dolía en el alma que sufriera de esa manera.

―Perdóname, pero soy una criatura egoísta por naturaleza, y me retuerzo de solo pensar apartarme de tu lado ―susurró, besando su frente―. No deberías pasar por esto, y menos siendo yo el culpable.

Alice se revolvió un poco, y Jasper entró en pánico al pensar que podía despertarse en cualquier momento. ¿Qué pensaría ella si lo encontrase en su habitación? ¿Gritaría y sería descubierto por sus padres? Pero como siempre, ella nunca hacía lo que él pensaba que haría. Alice se movió para quedar en una posición más cómoda, y la arruga que había en su entrecejo había desaparecido, para mostrar una expresión serena en su rostro de porcelana. Eso incitó al vampiro a continuar con su monólogo.

―¿Dime qué debo hacer, Alice? Sé que todos los años de existencia deberían darme la experiencia para lidiar con situaciones difíciles, pero sin duda tu eres algo que no puedo dejar tan sencillamente ―inhaló su esencia (que podía descifrar como a piñas y azúcar), degustando golosamente el aroma de su sangre, sin llegar a tentarlo de una manera peligrosa para ella.

»¿Dímelo, mi niña? Si tú lo deseas, me apartaré de ti, aunque me rompa en dos ―suplicó―. Si tu quieres que permanezca a tu lado, no importa contra quienes tenga que luchar, con tal de cumplir tus deseos.

Entonces, como si ella hubiese escuchado sus palabras, la habitación comenzó a llenarse de una sensación de amor, empapando de paso a Jasper. Cerró sus ojos y suspiró, haciendo a un lado su naturaleza de vampiro; haciendo a un lado que este mero acto hacía arder su garganta. Sonrió y acarició la mejilla de Alice, antes de inclinarse y besar su frente.

―¿Debo tomar eso como un 'quiero que te quedes'? ―sonrió de lado e hizo una pausa, como si esperara una respuesta de ella. Alice soltó una risita y Jasper comenzó a dudar si de verdad estaría dormida―. Bueno, en ese caso, te espero como siempre en el jardín.

Se puso de pie y comenzó a andar hacia la ventana. Giró su cuerpo para ver por última vez a la jovencita que dormía tranquilamente.

―Hasta mañana, mi amor.




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