martes, 21 de diciembre de 2010

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Capítulo seis
Revelaciones y un adiós prematuro

Se paralizó por sus palabras, pero reaccionó a tiempo para atraparla antes de que chocara con el suelo. Más que el susto por lo que había dicho antes de desvanecerse, el temor de Jasper era tenerla en sus brazos, completamente inconsciente. Trató de moverla levemente para que reaccionara, sin embargo Alice seguía desmayada. La colocó delicadamente en los arbustos y corrió hacia la casa; tenía que ser extremadamente veloz para evitar que los señores Brandon se dieran cuenta de su presencia, y tenía que conseguir algo de alcohol para reanimar a Alice.

―No me hagas esto ―le decía entre susurros, mientras pasaba el pequeño frasco por su nariz―. Allie, amor, por favor reacciona.

Sintió alivio una vez que la chica empezó a revolverse en sus brazos y a parpadear ligeramente. Se veía un poco confundida, pero después esbozó una sonrisa que calentaría cualquier corazón, sin importar lo muerto que estuviese. Jasper le correspondió el gesto, y le ayudó a incorporarse hasta quedar sentada en el pasto.

―¿Ya te había sucedido esto antes? ―preguntó, algo ansioso.

―Sí ―divagó―, una vez en la escuela. Me llevaron a la enfermería y después a mi casa.

―¿Y también fue después de… eso? ―esperó a que ella asintiera―. ¿Qué viste esta vez, Alice?

Jasper sabía perfectamente que Alice odiaba tener esas visiones en su cabeza. Aunque hasta la fecha nunca le había contado cómo funcionaban, el mero hecho de ver algo que los demás no podían la hacía sentirse diferente.

―Fue todo tan borroso, como si avanzara rápidamente y no me diera tiempo de ver los detalles ―se devanó los sesos pensando sobre ello―. Solo recuerdo que estabas tú y te veías tan desdichado. Luego, como si estuviera en otro lado, solo se repetía la palabra ‘Muerte’ una y otra vez. No entiendo nada. Por lo regular, cuando me pasa algo así, es sobre algo que ocurrirá en poco tiempo. ¿Acaso significa que vas a morir?

Al notar que sus ojos se inundaban en lágrimas, Jasper se inclinó nuevamente hacia ella y rozó sus labios sutilmente, para tratar de calmarla. En su fuero interno, quiso reír por la situación, ya que él ya estaba muerto.

Entonces, como una luz cegadora, la realidad le golpeó. Alice no sabía nada de la verdadera naturaleza de Jasper. Claro, al pasar los años, ella era plenamente consciente de que su amigo no era para nada normal; en un principio lo vio como un juego, y después fue un secreto que solo ella guardaba. Tal vez ya era momento de que fuera sincero con ella y le confesara toda la verdad, y le rogaría e imploraría para que pudiera quedarse a su lado. Y a pesar de todo, si Alice decidía huir (después de todo, era un monstro), no la detendría.

―Cielo ―titubeó―, hay algo que quiero hablar contigo.

De haber sido humano, le sudarían tremendamente las palmas de las manos, y habría tenido el rostro completamente rojo de la vergüenza. En lugar de eso, y por culpa de su don, el ambiente comenzó a llenarse de una sensación de miedo y nerviosismo, que cambió el estado de ánimo de Alice.

―¿Jazz, qué sucede? ―dijo preocupada

―Sabes perfectamente que yo no soy como tú, ¿cierto? ―ella asintió―. Es que tengo tanto miedo a revelarte la verdad y que huyas de mí. Te quiero tanto, Alice. Me moriría si decides apartarte de mí.

―Eso jamás pasará ―acarició su mejilla y Jasper se recargó contra su mano―. Nada de lo que me digas hará que te deje. Así que, solo dímelo. Te quitarás un peso de los hombros.

¿Debería confiar en sus palabras? ¡Por supuesto! Si él confiaba en ella con los ojos cerrados. Pero esto era tan importante para él y tan decisivo en su relación, que sentía que si se precipitaba a soltarle la verdad, echaría todo por la borda. Se estremeció al pensar en su vida sin su amada Alice.

Y a pesar de todo… se armó de valor.

―¿Tú… tú crees en ―titubeó―… seres diferentes? ¿Como en… seres mitológicos?

―¿A qué te refieres? ―su expresión de curiosidad era adorable.

―Me refiero a monstruos como… vampiros ―dijo bien bajito.

―¡Eso es ridículo! ―soltó Alice― ¡Son cosas que inventan a los niños para enviarlos a dormir!

―¡Alice, mírame! ―exigió, tomándola por los hombros pero sin llegar a ser demasiado brusco―. ¿Te parece que soy normal? Dime, ¿mis ojos no te parecen fuera de lo común? ¿Mi toque gélido no te causa escalofríos? ¿O acaso no has notado la dureza de mi piel? ¡Soy un monstruo! ¡Un vampiro!

―Pero tú… tú no… no matas gente ―balbuceó.

―Lo hago, mi niña, tengo que hacerlo para alimentarme.

Se sintió como la peor escoria de la Tierra. Se sintió indigno al cariño que Alice le profesaba ciegamente. Quería ser despedazado en ese momento, y que sus restos se incineraran; todo para no tener que enfrentarse a su silencio. Ella se quedó con la mirada clavada en el horizonte (e incluso Jasper llegó a pensar que se trataba de otra visión), y su respiración se había calmado. Pasaron varios minutos, pero a Jasper le parecieron días de completo mutismo, hasta que finalmente se encogió de hombros y sacudió la cabeza, apartándose las ideas que guardaba.

―Sea como sea, a mí no me has hecho daño alguno, Jazz, y eso tiene que significar algo ―pensó por un instante―. ¿Acaso hay algún requisito para elegir a esas personas? ¿No cumplo con alguna de tus preferencias?

Jasper soltó una risotada, un tanto nerviosa y un tanto macabra. Si ella supiera que, desde el primer momento en que la vio, su primer impulso fue por beber su sangre, pero esa alegría y felicidad que la rodea todo el tiempo fue lo que lo hizo claudicar a su principal idea. Ella lo miró y frunció el ceño, un tanto indignada por esa risa.

―En realidad no tengo ninguna preferencia ―admitió penosamente―.

―¿Entonces? ¿No te atraigo?

―Más de lo que puedas imaginar algún día.

Alice notó el cambio en el ambiente; hace unos momentos, parecía que el jardín estaba cubierto por una gruesa capa de tensión y nerviosismo, pero ahora todo se sentía mucho más relajado. Sonrió, llevando su mano nuevamente hacia el rostro de Jasper, y acarició (sin darse cuenta) la cicatriz que surcaba por su ojo derecho. Él envolvió el lugar con una sensación de amor y bienestar.

Dos años habían pasado desde su confesión, y ahora Jasper se podía dar el lujo de pedirle a Alice que le esperara y que le diera oportunidad de alimentarse antes de verse en el jardín. Al principio, ella se estremeció al pensar en todas esas pobres personas que perecerían en cuanto se encontraran con Jasper, pero decidió no preocupar al rubio con sus ideas. Ella era feliz de tenerlo a su lado todos los días.

Una vez que se sintió completamente satisfecho, regresó a casa de los Brandon. Ella había tenido razón y ahora las cosas iban a ser mejor entre ellos, ahora que todo estaba resuelto y no había nada de por medio. Se sintió un poco tonto al tener una sonrisa boba en la cara, pero era tanto el amor que sentía por ella, que era como ser un adolescente otra vez, ilusionado por el primer amor.

Se había tardado más de lo normal, pues ahora tenía que correr a pueblos más lejanos para evitar levantar sospechas por tantas muertes. Para cuando regresó al jardín ya estaba completamente a oscuras. Hoy no había visto a Alice en todo el día, y eso lo ponía ansioso.

Faltaban unos cuantos metros para llegar al jardín, cuando escuchó la intensa discusión que se desarrollaba en la casa grande. Nunca fue una persona muy curiosa, y siempre evitaba involucrarse en los problemas ajenos, pero esto era diferente; eran los padres de Alice quienes se gritaban con fuerza dentro de la casa.

―¡No tienes idea de las habladurías que vendrán cuando la gente se entere! ―chilló la señora.

―No habrá nada de qué enterarse. Nos iremos de aquí y empezaremos una nueva vida en otro lugar.

―¿Cómo puedes pensar en eso? La gente tarde o temprano lo sabrá.

―¡Es suficiente!

―¡Estamos hablando de nuestra hija!

―Esa es mi última palabra. Alice está muerta y no hay nada más qué hablar del asunto ―gritó, antes de marcharse a su habitación.

Las piernas le temblaron y sintió que de un momento a otro iba a desmayarse. Era un vampiro, y cada uno de sus órganos estaba muerto, pero en ese momento sintió con fuerza el dolor que lo empezaba a envolver, haciendo que todo su cuerpo se debilitara. Era imposible, pero podía comparar su emoción con un ataque de pánico.

Esto no podía ser cierto. Ella no.

Corrió a toda velocidad hasta la casa, entrando sigilosamente hasta llegar a la habitación de Alice. Con el corazón en la mano, abrió el picaporte, asustado de lo que podía encontrarse ahí. Todas las pertenencias de Alice se encontraban cubiertas por sábanas blancas y la ropa había desaparecido de los cajones y del ropero. ¡Podía estar en cualquier parte! ¡No podía estar muerta! Sin poder resistir más tiempo, rodeado de todas las cosas que le recordaban a ella, huyó hacia el centro del pueblo.

Entonces, su mayor temor se intensificó cuando pasó por la iglesia local. Ahí, en un anuncio pegado en la puerta principal, citaba una invitación a un servicio especial que se realizaría al día siguiente:

Mary Alice Brandon
1901 – 1920
Los servicios funerarios comenzarán al mediodía.

Era cierto, entonces.

Alice, su Alice, estaba muerta.




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