Capítulo 7
No me olvides
Desde su conversión, jamás había odiado su naturaleza de vampiro tanto como en ese momento. Deseó poder llorar, y así sacar aunque sea una pequeña fracción del inmenso dolor que lo estaba envolviendo. Quería ir con el padre de Alice y exigirle una explicación. ¿Cómo podía estar muerta? Jasper la había visto un día antes, rebosante de buena salud. ¿Acaso había sufrido otro desmayo? Tal vez eran síntomas de una terrible y mortal enfermedad, ¡y él jamás hizo caso a las señales!
Ya nada tenía sentido sin ella. Había olvidado la última vez que se alimentó decentemente, y no le importaban las intensas ojeras ni los ojos negros como el carbón. Negros como su cabello, pensó con melancolía. El destino le había arrebatado lo más hermoso que había experimentado desde su transformación, y lo peor era que ni siquiera pudo saber las razones.
Vio a un hombre saliendo de la Iglesia, cargando un par de bultos de tela viejos. Aunque indeciso, se acercó a él, hasta quedar a una distancia prudente. El hombre, al notar su presencia, abrió totalmente los ojos, mientras Jasper empezó a sentir las olas de pánico que emanaban de su regordete cuerpo.
―Por favor ―dijo con voz suplicante y usando un poco su don para calmarlo―, no me tema. Solo quiero hacerle una rápida pregunta.
―Di-diga u-usted ―balbuceó.
―Tengo entendido que aquí se celebraron los servicios funerales de la señorita Brandon ―apuntó al viejo anuncio―. ¿Sabe usted qué le sucedió?
El hombre temblaba de terror, sudaba a mares y solo quería irse de ahí. Jasper lanzó ondas de tranquilidad y un poco de persuasión para que le respondiera lo más entendible posible.
―N-no ―finalmente respondió―. El señor Brandon so-solo vino a solicitarlos. A-al parecer, le dio un infarto mientras estaba durmiendo. Era u-una chica muy joven, pero uno nunca sabe cuando le llega el momento.
―¿Y velaron su cuerpo?
―¡Di-dijo que solo era una pregunta! ―exclamó horrorizado. Jasper suspiró con tristeza. El hombre debió ver la desolación en su mirada, porque ignoró su propio comentario―. Parece que los señores decidieron incinerar su cuerpo, para tener las cenizas en su casa. Sea como sea, se mudaron a los dos días del funeral. Na-nadie sabe a dónde se fueron. ¿Conoció a los Brandon?
―Muy poco ―mintió―. A decir verdad, venía a visitarlos, pero me enteré que ya no viven en el pueblo. Más que nada, era amigo de Alice.
―La señorita Brandon no tenía amigos ―dijo, entrecerrando los ojos―. Estaba loca, ¿sabe? Tenía alucinaciones. Tengo una hija que era de su edad. Mi esposa le prohibió acercársele. A lo mejor tenía algo que era contagioso.
Jasper apretó los puños. ¡Maldito humano estúpido! El hombre no pasó desapercibido esa acción, y volvió a temblar. Ahora, él no hizo nada para calmar su temor, y le dio la espalda para irse de ese lugar antes de que le arrancara la cabeza.
―¡Pe-perdóneme! ―balbuceó a sus espaldas―. No q-quise molestarle.
Le daban igual sus insulsas disculpas. Si no lo mató en ese momento, era porque ya le daba igual todo; no importaba si lo mataba o no, eso no le iba a regresar a su Alice.
-
Era de noche y caía una intensa lluvia, que lo había empapado de pies a cabeza. ¿Qué importaba ya? En su andar moribundo, se detuvo en un hospital psiquiátrico a las afueras del pueblo. Esbozó una sonrisa amarga al pensar que, de haber sido humano, seguramente lo habrían internado en un loquero a causa de su depresión. Esto era mil veces peor que cuando decidió dejar a María. Y en cierta forma, agradecía encontrarse solo en ese momento; estaba seguro de que si alguien le hubiera acompañado, se hubiera burlado del estado tan lastimero en el que se encontraba. ¡El Mayor Jasper Whitlock merodeando por las calles como alma en pena!
Las gotas de lluvia le caían en la cara, y cualquiera que lo hubiera visto, pensaría que eran lágrimas las que mojaban sus mejillas. Sus ropas estaban sucias, así que todo mundo lo evitaba, pensando que era un pordiosero.
Perdido en sus pensamientos, meditó sobre qué haría ahora que Alice ya no estaba. Quedarse en el pueblo iba a ser más que doloroso; todo le recordaba a ella. ¿Buscar a su familia? No tenía caso. ¿Qué iba a hacer si los encontraba? ¿Pedirles explicaciones? Definitivamente, lo que necesitaba era un loquero.
Alguien lo despertó de su letargo. Era una voz que llamaba a alguien insistentemente.
―¿Señorita Brandon? ―decía el médico, sosteniendo un paraguas―. ¿Alice, cuántas veces te he dicho que te quedes dentro de tu habitación? ¿Acaso no ves el diluvio tan fuerte que está cayendo, criatura? Te vas a enfermar.
Imposible
Acercó su cuerpo hasta casi fusionarse con los barrotes de la cerca, buscando insistentemente a la fuente de esa voz. No había nadie afuera, excepto esas dos personas: el hombre era alto, algo mayor, con cabello oscuro y con algunas canas; ella era bajita (tal y como la recordaba), pálida y su cabello negro muy corto.
Pero no había duda, era ella.
Pero lo que más llamó la atención de Jasper, era que el hombre tenía los ojos negros y una palidez extrema, sin mencionar las ojeras pronunciadas que portaba. Era prácticamente improbable, pero comenzó a sopesar la posibilidad de que ese hombre se trataba de un vampiro.
―Lo siento ―dijo bajito. Esa voz la reconocería aún y en una sala completamente oscura―, es que me gusta la lluvia ―alzó su rostro al cielo, dejando que las gotas la empaparan, y esbozó una sonrisa. Jasper recordaba esa expresión de absoluta paz, dedicada a sus charlas vespertinas, cuando ella terminaba de desahogarse con él.
―¿Alice, acaso quieres que el Doctor Richardson te vuelva a castigar? ―dijo severamente, como alguien que reprende a un niño pequeño―. Sabes perfectamente que a él no le gusta que te salgas de tu cuarto sin permiso. Si se entera que has escapado, te llevará a la sala negra.
¿Sala negra?
―¡No! ―jadeó horrorizada.
―Entonces ven, mi niña. Te conseguiremos una bata seca y te llevaré al comedor a que tomes tu cena.
El hombre la tomó por los hombros y le cubrió con el paraguas. Ni siquiera habían cruzado por la puerta, cuando Jasper ya se estaba encaminando hacia donde él suponía que era la recepción. Le importó muy poco su ropa sucia y andrajosa, pero no podía perder tiempo en ir a buscarse algo decente; si alguien intentaba meterse en su camino, lo haría a un lado de un manotazo como un molesto mosquito.
La pobre mujer tras el mostrador tembló de miedo al verle frente a ella. Jasper usó todo su encanto de vampiro para que ella viera a través de su atuendo, y no hiciera mucho escándalo al respecto.
―¿Disculpe, señorita, me podría dar informes sobre una paciente que aparentemente se encuentra internada en esta institución?
―P-por su-supuesto, señor ―balbuceó torpemente.
―Su nombre es Mary Alice Brandon ―la mujer buscó entre los papeles en su escritorio, hasta dar con unas hojas en específico.
―Sí, ella se encuentra en este lugar. Fue ingresada hace poco ―trató de calmar su voz―. ¿Es usted familiar de ella?
―Eh, no. Soy un amigo muy cercano a su familia. En realidad, buscaba saber si es posible que pueda verla, aunque sea por un momento. Tengo algo que hablar con ella, y es de suma importancia.
―Lo siento, señor, pero solo se permite acceso a familiares directos a la paciente. Solo si el señor Brandon autoriza su acceso, puede pasar; de otra manera, me temo que no puede ser posible.
Usando todo el poder de persuasión que podía ejercer, se inclinó levemente hacia el escritorio, y le sonrió amablemente. Era algo sucio, algo que Jasper usaba para seducir a una presa difícil para poder llevársela a un lugar apartado, pero tenía que dar resultado.
―Mire, seré honesto con usted. Planeaba pedirle matrimonio a la señorita Brandon, y me entero que ha sido internada en este lugar. Comienzo a pensar que todo se trata de una treta de su padre para evitar mi proposición ―fingió un gesto indignado―. Nunca aprobó nuestra relación, ¿sabe?. Si usted fuera tan amable, y me permitiera hablar con ella solo un momento, créame que le estaré infinitamente agradecido.
―Yo… no lo sé, señor.
―Señorita ―dulcificó su voz todavía más, mandándole olas de comprensión―, ella es todo para mí. Me parte el alma que nuestro amor no pueda ser por culpa de su padre. Por favor, deje que la vea solo por un instante.
La humana suspiró con melancolía, completamente enternecida por la historia que le contaba.
―Mire, si alguien le llega a preguntar, dígale que es un primo de la paciente. Así no se meterá en problemas, ni me meterá en problemas a mí ―susurró, entregándole un pase―. Haré que la lleven a la sala de visitas. Alguien lo escoltará hasta allá.
Tras ser acompañado por un enfermero, Jasper se quedó en la pequeña salita, esperando a que Alice llegara. El tiempo empezó a avanzar, y él comenzó a preocuparse porque ella no se presentaba. Estaba a punto de levantarse de la silla para ir a recepción, cuando la puerta se abrió lentamente, dejando pasar a una ausente Alice, guiada por una enfermera. Su mirada estaba apagada y su cabello algo desordenado; tenía la piel ceniza y los labios partidos. Además, no pudo evitar notar que temblaba ligeramente.
―¿Alice? ―preguntó, inseguro.
―La señorita Brandon viene de una terapia ―la mujer soltó mordazmente, y Jasper no pasó por alto que le apretaba el brazo con demasiada fuerza―. Probablemente ahorita se encuentre algo sensible, así que procure no alterarla demasiado.
Cuando notó que la enfermera se dirigía a una silla en un rincón, se acercó a ella y susurró de la manera más amenazante posible.
―Necesito hablar con ella. En privado.
―Está prohibido ―balbuceó―. Políticas del hospital.
―Estoy seguro de que encontrarás algo mejor en qué entretenerte ―siseó, soltando un pequeño gruñido que causó que la enfermera saliera a trompicones por la puerta, dejándole solo con Alice.
Tímidamente, casi con miedo, se acercó a ella. Todavía le costaba trabajo creer que ella estuviera ahí con él, después de haber escuchado que estaba muerta. Su emoción desbordaba por los poros y la sonrisa casi le parte la cara por la mitad. Estaba a punto de tocar su brazo, cuando Alice notó su presencia y dio un paso hacia atrás. Su expresión de terror hizo añicos el corazón de Jasper.
―¿Quién es usted? ―habló finalmente, con sus ojitos dilatados por el horror. Su corazón latía con fuerza y a mucha velocidad.
―¿Alice, de qué estás hablando, amor? Soy yo, Jasper. ¿No me recuerdas?
―N-no. Yo no-no lo conozco.
―Por favor, no me digas eso ―se armó de valor y la rodeó en un abrazo firme, con la esperanza de que hiciera memoria y le recordara―. Mi niña, perdóname por no haber venido antes por ti. ¿Qué te han hecho?
―¡Suélteme! ―chilló, revolviéndose en sus brazos―. ¡Yo no lo conozco! ¡Suélteme en este instante o gritaré!
Como si su contacto le quemara, se apartó de ella. Se moría por dentro, pero podía sentir el miedo y el dolor viniendo de su pequeño y frágil cuerpo. Jasper no podía enviarle olas de paz, puesto a que él se encontraba en shock por toda la situación.
―¡Váyase de aquí! ―gritó.
No tenía caso seguir ahí. Le hacía más daño forzándola a estar en un lugar que ella no deseaba y con alguien que no recordaba. Salió a toda prisa de la sala, y se fue del hospital sin siquiera detenerse en la recepción para agradecerle a la mujer.
Tal y como debió haber sido desde un principio, ahora su Alice le temía.
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